El 16 de abril de 2016, un terremoto de magnitud 7,8 sacudió la costa ecuatoriana con epicentro entre Pedernales y Muisne. La tragedia se concentró en Manabí y Esmeraldas, pero Guayaquil, a unos 170 kilómetros de la ruptura, también vivió daños que todavía hoy dejan enseñanzas.
Un sismo lejano, una ciudad que amplifica
En roca, la aceleración que llegó a Guayaquil fue pequeña. Sin embargo, los acelerógrafos instalados sobre las arcillas de la ciudad registraron amplificaciones espectrales de hasta nueve veces respecto de la roca. Ese registro tuvo además un valor científico: confirmó, con un terremoto real, lo que los modelos de la microzonificación sísmica habían anticipado durante más de una década de trabajo.
Edificios nuevos que no colapsaron, pero se dañaron
En Guayaquil y Samborondón se observaron dos patrones. Las construcciones antiguas, levantadas sin detallamiento sísmico moderno, sufrieron daños severos y en algunos casos colapsos. Las construcciones nuevas, en cambio, cumplieron su objetivo principal: no colapsaron y protegieron vidas. Pero muchas quedaron con paredes de mampostería agrietadas, fachadas dañadas y reparaciones costosas.
La explicación es que los edificios se diseñan, ante todo, para evitar el colapso durante un sismo muy fuerte. Esa verificación se cumplió. Lo que faltó en muchos casos fue revisar cómo se deformaría el edificio ante sismos más frecuentes y moderados, que en suelos blandos se amplifican. Se trató de una brecha de desempeño, no de resistencia: la resistencia salvó vidas, y la falta de una revisión de servicio costó los edificios.
Dos estados límite, no uno
La principal lección para el diseño es verificar dos niveles. El primero es el de prevención de colapso, que ya exige la norma. El segundo es el nivel de servicio, que controla las deformaciones ante sismos frecuentes para que el edificio siga siendo utilizable y económico de reparar. En suelos arcillosos y cementados como los de Guayaquil, ese segundo nivel puede llegar a gobernar el dimensionamiento de los elementos estructurales.
La otra lección es conocer el periodo del sitio. Dos terrenos con características promedio similares pueden responder de forma muy diferente; en 2016, los sitios con un periodo cercano al contenido de energía del sismo fueron los que más amplificaron.
Qué puede hacer hoy un propietario o promotor
Pedir un estudio de suelos que incluya la medición del periodo del sitio y, en suelos blandos, un análisis de respuesta de sitio. Solicitar al diseñador estructural que revise el desempeño ante sismos frecuentes, no solo ante el sismo de diseño. Y, en edificios existentes, evaluar su vulnerabilidad antes de que llegue el próximo evento.
Los terremotos recientes en la región, como el de magnitud 7,4 en San José del Palmar, Colombia, en agosto de 2026, recuerdan que la pregunta no es si volverá a temblar fuerte en la costa ecuatoriana, sino cuándo. Las lecciones de 2016 ya están escritas; aplicarlas depende de cada nuevo proyecto.
